lunes, 17 de octubre de 2011

ira contenida.

El odio la invadía. Su cuerpo ardía por el odio que tenía. Quería golpearla, arrancarle cada uno de sus pelos y hacer una soga para poder ahorcarla. Pero la quería, no podía hacer eso. No tenía sentido. Pero no podía evitar querer matarla, querer destruir su nariz contra alguna pared, limpiarse la sangre con su ropa y capaz arrastrar su rostro contra algún suelo áspero. Pero a la vez pensaba que no era su culpa generarle éso, era simplemente una histeria momentánea. Pero qué necesidad tenía de golpearla. Reprimió aquella necesidad de golpearla, pero dejó a la vista su hermoso rostro de odio y enojo. Uno que ya venía estando hace bastante pero ella insistía en ignorarlo. Sabía que si seguía ignorándola tarde o temprano, aquella violencia se desprendería de ella, no podría contenerla más, pero por el momento, seguiría dormida. Escondida detrás de escusas para no destruirla. Mordiéndose los labios de la ira subió las escaleras golpeando con fuerza los escalones, esperando romper alguno, como si debajo de su pie estuviera la cabeza de ése ser tan peculiar.

Intentó no matarla, intentó con todas sus fuerzas mientras por dentro suyo imaginaba con lujo y detenimiento cada segundo de su matanza contra ese ser. En un segundo, aquel ser le dirigió la palabra. Cómo osaba hablarle? Quién creía que era para dirigirle la palabra siquiera?. Se transformó en un toro observando algo rojo, se transformó en un tigre corriendo a su presa, se transformó en toda la ira que tenía acumulada.


La mató.

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